Ano 2, Versão 2.0, fevereiro de 2008 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

La cuestión de la “sensación de inseguridad” en adultos mayores de la ciudad de Buenos Aires. 

Este relato en el que dos adultas mayores quedan en encontrarse a mitad de cuadra, pasan una por al lado de la otra sin siquiera verse por el temor a levantar la vista de la vereda ilustra bastante bien este punto. ¿Cuál podría ser la percepción del espacio público de quien no siente confianza suficiente como para levantar la vista de la vereda? ¿Cuán “seguro” podría sentirse? 

Obviamente la percepción de barreras de accesibilidad en el espacio público se agudiza ante el registro de la propia fragilidad física creciente. Sin embargo, entiendo que no se trata únicamente de la cuestión de la percepción de obstáculos per se en la circulación cotidiana y los riesgos que consecuentemente de esto se derivan.  Me parece también, que la percepción de dichos obstáculos produce una difusa sensación de desprotección, coadyuvando a la representación del espacio público como un territorio no sujeto a regulación que garantice previsibilidades en su uso. Desde este marco podemos interpretar, en parte, las ideas de que el barrio, o ciertas zonas de él son “tierra de nadie”, zonas de “abandono total”, incluso por parte de vecinas que viven en zonas céntricas de la ciudad, que relativamente se encuentran en buenas condiciones en cuanto a su infraestructura. Asimismo, en este marco podemos colocar los problemas manifestados por estas adultas mayores en relación al tipo de circulación que ejercen los más jóvenes, dotados de potencialidades físicas mayores. 

Como afirmábamos inicialmente Kant de Lima (2000) ha planteado la necesidad de analizar la cuestión del espacio público no únicamente desde el punto de vista de su propiedad (pública o privada) sino en relación a sus modalidades de apropiación (universalizadas o particularizadas). En este sentido O´Donnell ha ya problematizado las innumerables situaciones cotidianas vividas en Brasil – pero extensibles a nuestro contexto - en las que los espacios públicos son sistemáticamente apropiados por los particulares, muchas veces en una lógica “defensiva”, esto es, sobre el supuesto de que si “uno no lo hace otros lo harán” y ha sugerido la existencia de vinculaciones de estas “microescenas” con los “macrodramas” de la política latinoamericana, es decir, con las dificultades en construir instituciones y reglas comunes a partir de las cuales construir un arena política que permita el juego político democrático. Da Matta (1989), a su vez,  sugiere para la sociedad brasileña una doble lógica en relación a los modos de  apropiación del espacio público y privado. En la medida en que lo público es identificado con lo estatal  y el estado no es percibido como un tercero neutral  que garantizaría el acceso a lo público de todos, los espacios públicos son percibidos como “tierra de nadie” sujetos, por ende,  a apropiaciones particularizadas. De este modo, asistimos a una serie de conflictos sobre la base de sucesivas privatizaciones del espacio público a mano de particulares,  cuya contrapartida, por otro lado,  es una permanente violación pública de los espacios privados.  En el esquema de Da Matta las apropiaciones de lo público con fines privados son mayores mientras más alto se esté en la jerarquía social, mientras quienes ocupan las jerarquías más bajas sufren la apropiación de su espacio privado por el estado 

Como decíamos, las escenas descriptas por O´Donnell para el escenario brasileño resultan extensibles a nuestro contexto. Los relatos de estas “microescenas” aparecen reflejados en las narrativas de estas adultas mayores. Cajones de verdulería y cualquier otro tipo de mercadería sobre la vereda, puestos en los parques que dificultan el paso, carrera de empujones en la cola para la escalera mecánica del subte son moneda corriente y fuente de malestar en los relatos de las entrevistadas. No es casual que la problematización de estas escenas cotidianas venga de la mano de quienes más frágiles se autoperciben en su circulación por los espacios públicos, y de quienes – en esta lógica defensiva, es decir, en una lógica de disputa permanente - menores posibilidades tienen de imponer sus demandas. Menores posibilidades en función de una cierta vulnerabilidad física tanto como por la invisibilidad de los problemas de los adultos mayores en la agenda pública. Para retomar las metáforas automovilistas desplegadas por O´Donnell, menores posibilidades de “meter la trompa” exitosamente en cada esquina. 

De este modo,  el análisis de estas narrativas nos permite colocar el problema de la “seguridad” en el marco más amplio de las representaciones sobre el espacio público. En el caso de los adultos mayores la percepción sobre la “seguridad” barrial no puede ser escindida de un conjunto de representaciones sobre el espacio público que van conformando a éste como un territorio hostil. Es así como el estado del espacio público (veredas rotas, altos escalonamientos en la superficie, escasa luminosidad), las características que asumen la circulación en éstos por unos otros dotados de potencialidades físicas diferentes (jóvenes que “corren” y “empujan”) tanto como estas apropiaciones particularizadas del espacio público (objetos de distinto tipo colocados por particulares generalmente en función del desarrollo de actividades comerciales,  sumados a ciertas modalidades de circulación ejercidas por las personas) contribuyen a generar una percepción del espacio público como un territorio, por un lado, plagado de  obstáculos y dificultades que colocan en peligro en todo momento la integridad física personal, ya de por sí vulnerable y por otro, como “tierra de nadie”  sujeta a ninguna regla y por ende a apropiaciones particularizadas, en las que las posibilidades de imponerse con sus demandas – en función de una cierta vulnerabilidad física y social - son mínimas. 

Por último,  quisiera llamar la atención sobre una cuestión que surge de los registros de campo que he realizado en las marchas por demandas de mayor seguridad organizadas por Juan Carlos Blumberg.  Algo particularmente curioso en estas manifestaciones públicas son las reglas de exacerbada cortesía permanentemente empleadas por sus asistentes en relación a los usos del espacio público (los “permiso”, “disculpe” infaltables utilizados por los asistentes reiteradamente en su circulación por la marcha, “no, por favor, pase usted primero”, “ve bien desde ahí, señora, o le estoy tapando? ¿Me corro?, “cuidado, no se caiga que aquí está el cordón”, etc). Creo que este uso extremo de la cortesía en relación a los usos del espacio público puede ser conectado en primer lugar a diversas operaciones de deslinde que tienen por fin diferenciar estas convocatorias públicas (con los subsiguientes cortes de calles que estas necesariamente producen) con las organizadas por diferentes colectivos de trabajadores desocupados.  Por otro lado, entiendo que probablemente esta exacerbada cortesía se nutra de estas percepciones de vacío en relación a las normas que regulan los espacios públicos y colabore – momentáneamente - en generar la ilusión de un espacio público ocupado colectivamente y “ordenado”. El problema es que esta exacerbada cortesía no resulta para nada equivalente a unas reglas claras y definidas en el uso de un espacio público para todos (incluso hablaría de esa ausencia) y que justamente aparece ante la seguridad de estar rodeado de “iguales”, es decir, entre aquellos que como ha señalado Tiscornia (2006) reclaman el “imperio de la ley” en los términos de un cumplimiento de la ley que recaiga sobre la conducta de unos “otros” claramente delimitados y nunca sobre las conductas propias. Así, entre algunos, la cortesía y la deferencia, para los otros el imperio de la ley, una ley que debiera ser cada vez más dura. Lejos están ambos extremos de la producción de un espacio público con reglas claras y comunes para todos. 
 
 
 

Miedo al delito y espacio público

Retomando las cuestiones planteadas al inicio de este trabajo ¿Cuáles podrían ser dimensiones de análisis relevantes – distintas del aumento de la criminalidad – a los fines de reinterpretar la sensación de inseguridad relevada por las EV dentro del sector de las adultos mayores?  Sin desmedro de otras dimensiones de análisis posibles, sugiero que en nuestro contexto la cuestión de la sensación de inseguridad no puede ser escindida de la manera en que los distintos grupos sociales se representan el espacio público. En este sentido, no podemos cuantificarla “midiéndola” en un vacío, presuponiendo que todos los grupos sociales se representan el espacio público de la misma manera. Quizás ésta sea una clave interpretativa para explicar esta “distorsión” relevada por las EV entre la sensación de inseguridad y el riesgo objetivo de victimización. En el caso de los adultos mayores por las barreras de accesibilidad producidas por las características y organización del espacio urbano o por las repetidas apropiaciones particularizadas de los espacios públicos, en el caso de las mujeres por la marca de género que cruza el uso de estos espacios (Varela 2006), se trata de aquellos grupos para los cuales el espacio público aparece como más hostil y desafiante por razones que exceden la cuestión de la criminalidad. Esto significa pensar que existen diferentes posibilidades de apropiación de los espacios públicos, que algunas de estas modalidades suponen posiciones de mayor fragilidad que otras y que estas posiciones guardan alguna relación con la manera en que los sujetos construyen sus representaciones sobre la “(in)seguridad” callejera tanto como la manera en que se identificarán con los discursos políticos de las campañas de ley y orden. 

 
La cuestión de la vinculación entre delito y espacio público también ha sido abordada por la llamada teoría de las “ventanas rotas” (Wilson-Kelling 1982). Desde esta perspectiva el deterioro del espacio público desencadena un proceso de “decadencia urbana” que ocasiona vandalismo, y, por ende, miedo al delito, por un lado, y delito finalmente, por el otro. Desde mi perspectiva, en nuestro contexto, la cuestión del miedo al delito debe ser enmarcada en las representaciones respecto del espacio público, pero el énfasis pasa a estar puesto no en el “deterioro” per se de ese territorio, sino en la fragilidad que tanto las características de este espacio como los usos habituales del mismo suponen para la circulación de algunos individuos. En este sentido, el espacio físico funciona como una suerte de simbolización del espacio social, con toda su estructura de posiciones (Bourdieu 1993). Es así que las jerarquías y desigualdades sociales se hacen visibles en la organización de los espacios públicos. En el contexto local, nos encontramos con un espacio público construido y organizado a la medida de la circulación de los más  jóvenes, percibiéndose desde la perspectiva de los adultos mayores como un territorio hostil.  La organización del espacio público a la medida de algunos (los más  jóvenes), sumada a una tradición de apropiaciones particularizadas del espacio público van acentuando el carácter imprevisible que asume la circulación por estos espacios para aquellos que no poseen las características requeridas para moverse eficazmente en ellos y que tienen pocas posibilidades de imponer sus demandas en función de su cierta fragilidad social.

Frecuentemente no disponemos siquiera de un lenguaje para dar cuenta de esta “fragilidad de posiciones”. Los problemas derivados de las barreras de accesibilidad para los adultos mayores poseen, en consecuencia, una escasa visibilidad.  En contraste, las campañas de ley y orden han sabido proveernos durante los últimos años tanto de un nutrido lenguaje como de un responsable claro, diferenciado y acotable de los “males sociales”. Douglas (1985) ha señalado que las percepciones respecto de los riesgos sociales no pueden ser aisladas de los sistemas de culpabilización que se encuentran situados social y culturalmente. La percepción y la aceptabilidad del riesgo están indisolublemente ligadas a la cuestión de que alguien sea percibido como causando ese daño y quién sea este. Por su parte, como ha mostrado Pitch (2005) el campo penal se ha constituido en las últimas décadas como una arena propicia para la reconstrucción de actores políticos de cara al declive de las viejas identidades políticas.  Cabe preguntarnos, entonces, si en momentos en que la instalación en la agenda pública del problema de la “seguridad” en la Argentina parece constituir una de las únicas vías para obtener una pronta atención política, la cuestión de la inseguridad no se convierte en una narrativa cultural que anuda o permite canalizar “malestares” de características más difusas. 

Dice Bourdieu en La Miseria del Mundo respecto del contexto francés: 
 

 “… están presentes todos los signos de todos los malestares que, por no encontrar su expresión legítima en el mundo político, se reconocen a veces en los delirios de la xenofobia y el racismo. Malestares inexpresados y con frecuencia inexpresables, que las organizaciones políticas  que para pensarlos solo disponen de la categoría anticuada de lo “social”, no pueden ni percibir ni con mayor razón, asumir. No podrían hacerlo sino con la condición de ampliar la visión mezquina de lo político que heredaron del pasado e inscribir en ella no solo todas las reivindicaciones insospechadas que los movimientos ecológicos, antirracistas o feministas (entre otros) llevaron a la plaza pública, sino también todas las expectativas y esperanzas difusas que, por afectar a menudo la idea que la gente se hace de su identidad y su dignidad, parecen competer al orden de lo privado, y por lo tanto, estar legítimamente excluidas de los debates políticos”(1993:557)”


En atención a nuestro contexto topografiar esta “microfísica de malestares” constituye un primer paso que haciéndolos entrar en un régimen de visibilidad permita comenzar a identificar un sinnúmero de causas del sufrimiento social.  Este camino tal vez pudiera ayudar a brindarnos decodificaciones más precisas de los malestares sociales. Una ciencia de lo social, también dice Bourdieu, al igual que la medicina, comienza con el reconocimiento de las enfermedades invisibles, es decir, aquellas de las que el “enfermo” no habla, porque no sabe de ellas o porque no puede comunicarlas. Desde esta perspectiva, abordar la identificación de los sujetos con el discurso de la inseguridad y las consecuentes campañas de ley y orden requiere comenzar a desarmar estos anudamientos.
 

Notas

Una versión preliminar del artículo  fue publicada en la revista del Centro de Antropología y Derecho de Misiones.
Enunciado aquí como supuesto, esto ha sido desarrollado en otro lugar (Varela 2003) El uso epistemológico (Saltalamacchia 1992)  de la categoría fobia concebida en el marco del desarrollo de la teoría psicoanalítica ha servido a pensar en una distinción entre el objeto del miedo y su causa. 
Siguiendo a Cardoso de Oliveira (2002)  tomaré su distinción entre esfera pública y espacio público en  las sociedades modernas, donde la primera es entendida como el universo discursivo donde las normas, proyectos y concepciones del mundo son publicitadas estando sujetas al debate público y la segunda nos refiere al campo de relaciones situadas fuera del contexto doméstico o intimidad donde las interacciones sociales efectivamente tienen lugar. En un sentido más restringido el  espacio público es entendido en este trabajo como el espacio físico propiedad del estado destinado a ser usado por la colectividad. 
Juan Carlos Blumberg es un empresario textil residente en la zona norte del Gran Buenos Aires. Hacia Abril del 2004 cobró notoriedad pública cuando - en consecuencia del secuestro y posterior asesinato de su hijo - organizó varias convocatorias públicas con amplia repercusión en demanda de medidas de seguridad. 
La encuesta – a cargo de la Dirección Nacional de Política Criminal - se realizó por última vez para el año 2003. A partir del año 2001 la medición de la sensación de inseguridad no aparece en los informes que elabora esta dependencia. 
 
 

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