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La cuestión
de la “sensación de inseguridad” en adultos mayores de la ciudad
de Buenos Aires.
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Este relato en el que dos adultas
mayores quedan en encontrarse a mitad de cuadra, pasan una por al lado
de la otra sin siquiera verse por el temor a levantar la vista de la vereda
ilustra bastante bien este punto. ¿Cuál podría ser
la percepción del espacio público de quien no siente confianza
suficiente como para levantar la vista de la vereda? ¿Cuán
“seguro” podría sentirse?
Obviamente la percepción
de barreras de accesibilidad en el espacio público se agudiza ante
el registro de la propia fragilidad física creciente. Sin embargo,
entiendo que no se trata únicamente de la cuestión de la
percepción de obstáculos per se en la circulación
cotidiana y los riesgos que consecuentemente de esto se derivan.
Me parece también, que la percepción de dichos obstáculos
produce una difusa sensación de desprotección, coadyuvando
a la representación del espacio público como un territorio
no sujeto a regulación que garantice previsibilidades en su uso.
Desde este marco podemos interpretar, en parte, las ideas de que el barrio,
o ciertas zonas de él son “tierra de nadie”, zonas de “abandono
total”, incluso por parte de vecinas que viven en zonas céntricas
de la ciudad, que relativamente se encuentran en buenas condiciones en
cuanto a su infraestructura. Asimismo, en este marco podemos colocar los
problemas manifestados por estas adultas mayores en relación al
tipo de circulación que ejercen los más jóvenes, dotados
de potencialidades físicas mayores.
Como afirmábamos inicialmente
Kant de Lima (2000) ha planteado la necesidad
de analizar la cuestión del espacio público no únicamente
desde el punto de vista de su propiedad (pública o privada) sino
en relación a sus modalidades de apropiación (universalizadas
o particularizadas). En este sentido O´Donnell ha ya problematizado
las innumerables situaciones cotidianas vividas en Brasil – pero extensibles
a nuestro contexto - en las que los espacios públicos son sistemáticamente
apropiados por los particulares, muchas veces en una lógica “defensiva”,
esto es, sobre el supuesto de que si “uno no lo hace otros lo harán”
y ha sugerido la existencia de vinculaciones de estas “microescenas” con
los “macrodramas” de la política latinoamericana, es decir, con
las dificultades en construir instituciones y reglas comunes a partir de
las cuales construir un arena política que permita el juego político
democrático. Da Matta (1989),
a su vez, sugiere para la sociedad brasileña una doble lógica
en relación a los modos de apropiación del espacio
público y privado. En la medida en que lo público es identificado
con lo estatal y el estado no es percibido como un tercero neutral
que garantizaría el acceso a lo público de todos, los espacios
públicos son percibidos como “tierra de nadie” sujetos, por ende,
a apropiaciones particularizadas. De este modo, asistimos a una serie de
conflictos sobre la base de sucesivas privatizaciones del espacio público
a mano de particulares, cuya contrapartida, por otro lado,
es una permanente violación pública de los espacios privados.
En el esquema de Da Matta las apropiaciones de lo público con fines
privados son mayores mientras más alto se esté en la jerarquía
social, mientras quienes ocupan las jerarquías más bajas
sufren la apropiación de su espacio privado por el estado
Como
decíamos, las escenas descriptas por O´Donnell para el escenario
brasileño resultan extensibles a nuestro contexto. Los relatos de
estas “microescenas” aparecen reflejados en las narrativas de estas adultas
mayores. Cajones de verdulería y cualquier otro tipo de mercadería
sobre la vereda, puestos en los parques que dificultan el paso, carrera
de empujones en la cola para la escalera mecánica del subte son
moneda corriente y fuente de malestar en los relatos de las entrevistadas.
No es casual que la problematización de estas escenas cotidianas
venga de la mano de quienes más frágiles se autoperciben
en su circulación por los espacios públicos, y de quienes
– en esta lógica defensiva, es decir, en una lógica de disputa
permanente - menores posibilidades tienen de imponer sus demandas. Menores
posibilidades en función de una cierta vulnerabilidad física
tanto como por la invisibilidad de los problemas de los adultos mayores
en la agenda pública. Para retomar las metáforas automovilistas
desplegadas por O´Donnell, menores posibilidades de “meter la trompa”
exitosamente en cada esquina.
De este
modo, el análisis de estas narrativas nos permite colocar
el problema de la “seguridad” en el marco más amplio de las representaciones
sobre el espacio público. En el caso de los adultos mayores la percepción
sobre la “seguridad” barrial no puede ser escindida de un conjunto de representaciones
sobre el espacio público que van conformando a éste como
un territorio hostil. Es así como el estado del espacio público
(veredas rotas, altos escalonamientos en la superficie, escasa luminosidad),
las características que asumen la circulación en éstos
por unos otros dotados de potencialidades físicas diferentes (jóvenes
que “corren” y “empujan”) tanto como estas apropiaciones particularizadas
del espacio público (objetos de distinto tipo colocados por particulares
generalmente en función del desarrollo de actividades comerciales,
sumados a ciertas modalidades de circulación ejercidas por las personas)
contribuyen a generar una percepción del espacio público
como un territorio, por un lado, plagado de obstáculos y dificultades
que colocan en peligro en todo momento la integridad física personal,
ya de por sí vulnerable y por otro, como “tierra de nadie”
sujeta a ninguna regla y por ende a apropiaciones particularizadas, en
las que las posibilidades de imponerse con sus demandas – en función
de una cierta vulnerabilidad física y social - son mínimas.
Por
último, quisiera llamar la atención sobre una cuestión
que surge de los registros de campo que he realizado en las marchas por
demandas de mayor seguridad organizadas por Juan Carlos Blumberg.
Algo particularmente curioso en estas manifestaciones públicas son
las reglas de exacerbada cortesía permanentemente empleadas por
sus asistentes en relación a los usos del espacio público
(los “permiso”, “disculpe” infaltables utilizados por los asistentes reiteradamente
en su circulación por la marcha, “no, por favor, pase usted primero”,
“ve bien desde ahí, señora, o le estoy tapando? ¿Me
corro?, “cuidado, no se caiga que aquí está el cordón”,
etc). Creo que este uso extremo de la cortesía en relación
a los usos del espacio público puede ser conectado en primer lugar
a diversas operaciones de deslinde que tienen por fin diferenciar estas
convocatorias públicas (con los subsiguientes cortes de calles que
estas necesariamente producen) con las organizadas por diferentes colectivos
de trabajadores desocupados. Por otro lado, entiendo que probablemente
esta exacerbada cortesía se nutra de estas percepciones de vacío
en relación a las normas que regulan los espacios públicos
y colabore – momentáneamente - en generar la ilusión de un
espacio público ocupado colectivamente y “ordenado”. El problema
es que esta exacerbada cortesía no resulta para nada equivalente
a unas reglas claras y definidas en el uso de un espacio público
para todos (incluso hablaría de esa ausencia) y que justamente aparece
ante la seguridad de estar rodeado de “iguales”, es decir, entre aquellos
que como ha señalado Tiscornia (2006) reclaman
el “imperio de la ley” en los términos de un cumplimiento de la
ley que recaiga sobre la conducta de unos “otros” claramente delimitados
y nunca sobre las conductas propias. Así, entre algunos, la cortesía
y la deferencia, para los otros el imperio de la ley, una ley que debiera
ser cada vez más dura. Lejos están ambos extremos de la producción
de un espacio público con reglas claras y comunes para todos.
Miedo
al delito y espacio público.
Retomando
las cuestiones planteadas al inicio de este trabajo ¿Cuáles
podrían ser dimensiones de análisis relevantes – distintas
del aumento de la criminalidad – a los fines de reinterpretar la sensación
de inseguridad relevada por las EV dentro del sector de las adultos mayores?
Sin desmedro de otras dimensiones de análisis posibles, sugiero
que en nuestro contexto la cuestión de la sensación de inseguridad
no puede ser escindida de la manera en que los distintos grupos sociales
se representan el espacio público. En este sentido, no podemos cuantificarla
“midiéndola” en un vacío, presuponiendo que todos los grupos
sociales se representan el espacio público de la misma manera. Quizás
ésta sea una clave interpretativa para explicar esta “distorsión”
relevada por las EV entre la sensación de inseguridad y el riesgo
objetivo de victimización. En el caso de los adultos mayores por
las barreras de accesibilidad producidas por las características
y organización del espacio urbano o por las repetidas apropiaciones
particularizadas de los espacios públicos, en el caso de las mujeres
por la marca de género que cruza el uso de estos espacios (Varela
2006), se trata de aquellos grupos para los cuales el espacio público
aparece como más hostil y desafiante por razones que exceden la
cuestión de la criminalidad. Esto significa pensar que existen diferentes
posibilidades de apropiación de los espacios públicos, que
algunas de estas modalidades suponen posiciones de mayor fragilidad que
otras y que estas posiciones guardan alguna relación con la manera
en que los sujetos construyen sus representaciones sobre la “(in)seguridad”
callejera tanto como la manera en que se identificarán con los discursos
políticos de las campañas de ley y orden.
La cuestión de la vinculación
entre delito y espacio público también ha sido abordada por
la llamada teoría de las “ventanas rotas” (Wilson-Kelling
1982). Desde esta perspectiva el deterioro del espacio público desencadena
un proceso de “decadencia urbana” que ocasiona vandalismo, y, por ende,
miedo al delito, por un lado, y delito finalmente, por el otro. Desde mi
perspectiva, en nuestro contexto, la cuestión del miedo al delito
debe ser enmarcada en las representaciones respecto del espacio público,
pero el énfasis pasa a estar puesto no en el “deterioro” per se
de ese territorio, sino en la fragilidad que tanto las características
de este espacio como los usos habituales del mismo suponen para la circulación
de algunos individuos. En este sentido, el espacio físico funciona
como una suerte de simbolización del espacio social, con toda su
estructura de posiciones (Bourdieu 1993). Es así que las jerarquías
y desigualdades sociales se hacen visibles en la organización de
los espacios públicos. En el contexto local, nos encontramos con
un espacio público construido y organizado a la medida de la circulación
de los más jóvenes, percibiéndose desde la perspectiva
de los adultos mayores como un territorio hostil. La organización
del espacio público a la medida de algunos (los más
jóvenes), sumada a una tradición de apropiaciones particularizadas
del espacio público van acentuando el carácter imprevisible
que asume la circulación por estos espacios para aquellos que no
poseen las características requeridas para moverse eficazmente en
ellos y que tienen pocas posibilidades de imponer sus demandas en función
de su cierta fragilidad social.
Frecuentemente no disponemos siquiera
de un lenguaje para dar cuenta de esta “fragilidad de posiciones”. Los
problemas derivados de las barreras de accesibilidad para los adultos mayores
poseen, en consecuencia, una escasa visibilidad. En contraste, las
campañas de ley y orden han sabido proveernos durante los últimos
años tanto de un nutrido lenguaje como de un responsable claro,
diferenciado y acotable de los “males sociales”. Douglas (1985) ha señalado
que las percepciones respecto de los riesgos sociales no pueden ser aisladas
de los sistemas de culpabilización que se encuentran situados social
y culturalmente. La percepción y la aceptabilidad del riesgo están
indisolublemente ligadas a la cuestión de que alguien sea percibido
como causando ese daño y quién sea este. Por su parte, como
ha mostrado Pitch (2005) el campo penal se ha constituido en las últimas
décadas como una arena propicia para la reconstrucción de
actores políticos de cara al declive de las viejas identidades políticas.
Cabe preguntarnos, entonces, si en momentos en que la instalación
en la agenda pública del problema de la “seguridad” en la Argentina
parece constituir una de las únicas vías para obtener una
pronta atención política, la cuestión de la inseguridad
no se convierte en una narrativa cultural que anuda o permite canalizar
“malestares” de características más difusas.
Dice
Bourdieu en La Miseria del Mundo respecto del contexto francés:
“… están presentes
todos los signos de todos los malestares que, por no encontrar su expresión
legítima en el mundo político, se reconocen a veces en los
delirios de la xenofobia y el racismo. Malestares inexpresados y con frecuencia
inexpresables, que las organizaciones políticas que para pensarlos
solo disponen de la categoría anticuada de lo “social”, no pueden
ni percibir ni con mayor razón, asumir. No podrían hacerlo
sino con la condición de ampliar la visión mezquina de lo
político que heredaron del pasado e inscribir en ella no solo todas
las reivindicaciones insospechadas que los movimientos ecológicos,
antirracistas o feministas (entre otros) llevaron a la plaza pública,
sino también todas las expectativas y esperanzas difusas que, por
afectar a menudo la idea que la gente se hace de su identidad y su dignidad,
parecen competer al orden de lo privado, y por lo tanto, estar legítimamente
excluidas de los debates políticos”(1993:557)”
En atención a nuestro
contexto topografiar esta “microfísica de malestares” constituye
un primer paso que haciéndolos entrar en un régimen de visibilidad
permita comenzar a identificar un sinnúmero de causas del sufrimiento
social. Este camino tal vez pudiera ayudar a brindarnos decodificaciones
más precisas de los malestares sociales. Una ciencia de lo social,
también dice Bourdieu, al igual que la medicina, comienza con el
reconocimiento de las enfermedades invisibles, es decir, aquellas de las
que el “enfermo” no habla, porque no sabe de ellas o porque no puede comunicarlas.
Desde esta perspectiva, abordar la identificación de los sujetos
con el discurso de la inseguridad y las consecuentes campañas de
ley y orden requiere comenzar a desarmar estos anudamientos.
Notas
Una
versión preliminar del artículo fue publicada en la
revista del Centro de Antropología y Derecho de Misiones.
Enunciado
aquí como supuesto, esto ha sido desarrollado en otro lugar (Varela
2003) El uso epistemológico (Saltalamacchia
1992) de la categoría fobia concebida en el marco del desarrollo
de la teoría psicoanalítica ha servido a pensar en una distinción
entre el objeto del miedo y su causa.
Siguiendo
a Cardoso de Oliveira (2002)
tomaré su distinción entre esfera pública y espacio
público en las sociedades modernas, donde la primera es entendida
como el universo discursivo donde las normas, proyectos y concepciones
del mundo son publicitadas estando sujetas al debate público y la
segunda nos refiere al campo de relaciones situadas fuera del contexto
doméstico o intimidad donde las interacciones sociales efectivamente
tienen lugar. En un sentido más restringido el espacio público
es entendido en este trabajo como el espacio físico propiedad del
estado destinado a ser usado por la colectividad.
Juan
Carlos Blumberg es un empresario textil residente en la zona norte del
Gran Buenos Aires. Hacia Abril del 2004 cobró notoriedad pública
cuando - en consecuencia del secuestro y posterior asesinato de su hijo
- organizó varias convocatorias públicas con amplia repercusión
en demanda de medidas de seguridad.
La
encuesta – a cargo de la Dirección Nacional de Política Criminal
- se realizó por última vez para el año 2003. A partir
del año 2001 la medición de la sensación de inseguridad
no aparece en los informes que elabora esta dependencia.
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