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Ano 2, Versão 2.0, fevereiro de 2008

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

La cuestión de la “sensación de inseguridad” en adultos mayores de la ciudad de Buenos Aires: posibilidades de apropiación de los espacios públicos desde una perspectiva etaria. 
Cecilia Inés Varela 
Universidad de Buenos Aires
 
 

La paradoja riesgo de victimización / miedo al delito en los estudios de victimización

El término “miedo al delito” (fear of crime) proviene fundamentalmente de la investigación criminológica en el campo británico, y ha sido traducido al ambiente local como “sensación de inseguridad”.  Su creciente utilización se encuentra asociada al uso de las encuestas de victimización (EV) como instrumento de investigación para el diseño de políticas públicas de seguridad y al desarrollo de una nueva concepción de la seguridad urbana que busca reunir la preocupación por la seguridad “objetiva” (el riesgo de victimización en función de la edad, sexo y nivel socioeconómico) tanto como la seguridad “subjetiva” de los habitantes (sensación de temor frente a la criminalidad). En este sentido, se ha planteado la necesidad de reconocer que hoy día la cuestión del “miedo al delito” constituye un problema mayor que el delito mismo en la medida en que los temores a la criminalidad - a diferencia de la criminalidad real - afectan a una mayor cantidad de ciudadanos con consecuencias permanentes y severas (Warr 1985). 

El presente trabajo se enmarca en un proyecto de investigación más amplio que busca abordar la cuestión de las representaciones sobre la criminalidad callejera y específicamente el fenómeno denominado “miedo al delito” en la Ciudad de Buenos Aires en el último lustro. La investigación empírica sobre la temática en nuestro contexto ha sido predominantemente desarrollada por las encuestas de victimización (EV) desarrolladas por la Dirección Nacional de Política Criminal. Los resultados arrojados por las EV aplicadas a nivel de la Ciudad de Buenos Aires coinciden con los resultados obtenidos a nivel internacional en lo que respecta a la paradoja riesgo de victimización / miedo al delito. En este sentido, las mujeres y los adultos mayores representan el grupo donde se concentran los mayores temores a la criminalidad, aunque constituyen los grupos de menor riesgo de victimización. 

Se han realizado muchas críticas respecto del abordaje propuesto por las EV para el registro de la  “seguridad” en su dimensión subjetiva.  El indicador más utilizado para dar cuenta de este fenómeno es el de miedo al delito o sensación de inseguridad. Si bien no existe univocidad en los alcances últimos de este término, es recurrente la utilización de la definición de Ferraro que entiende el “miedo al delito” como una “respuesta emocional de nerviosismo o ansiedad al delito o símbolos que la persona asocia con el delito” (en Medina 2003:2). Implícito en esta definición se encuentra el reconocimiento de algún peligro potencial. El miedo al delito aparece, entonces, como una de las posibles respuestas ante la percepción de un riesgo. A los fines de dar cuenta de la “sensación de inseguridad” las EV incluyen preguntas cerradas sobre el uso de la escala de Likert del siguiente tipo: “¿Cuán seguro se siente caminando solo por su barrio de noche? Muy seguro – Bastante Seguro – Poco Seguro – Muy inseguro” . 

Como decíamos, son varias las críticas de orden técnico-metodológico que se han realizado al diseño de este tipo de cuestionarios. En mi propia investigación he señalado – entre otras - sus problemas de secuenciación, la pobre operacionalización que proponen del concepto de miedo al delito, y la mezcla de respuestas hipotéticas y no hipotéticas. (Varela 2004). A lo que nos interesa aquí lo que quiero remarcar es que la pregunta formulada en la EV (¿Cuán seguro se siente caminando solo por su barrio de noche?) presupone un significado de seguridad unívoco ligado al problema del delito. Esto podría no ser necesariamente así y tal vez fuera necesario explorar el referente del término  “seguridad”, más que asumirlo como un significado extendido y compartido. Más aún cuando la pregunta excluye explícitamente la palabra “delito” (Ferraro-LaGrange 1987).  Esto nos lleva necesariamente a preguntarnos cuál es el referente de la pregunta.  ¿Se trata de una sensación de temor frente a la posibilidad de resultar víctima de un delito o un sentimiento o sensación más difusa que puede expresar otro tipo de “inseguridades” entramadas en el uso del espacio público?

En este sentido, el objetivo de este trabajo es plantear algunas claves de inteligibilidad a los fines de reinterpretar esta aparente “paradoja” detectada por las EV en el contexto local. Para abordar esta cuestión, hemos decidido focalizar mediante una estrategia cualitativa en aquel grupo etario que revistiría la mayor sensación de inseguridad: los adultos mayores.

Diferentes abordajes en el campo de la criminología – sobre todo anglosajona - han buscado explicar esta aparente “distorsión” entre la apreciación subjetiva de temor y el riesgo objetivo de victimización. En este sentido, se han desarrollado diferentes explicaciones que intentan dar cuenta de esta mayor sensibilidad al delito por parte de los adultos mayores. En primer lugar, se ha apuntado hacia su frágil integración en la “vida comunitaria” (Clarke-Lewis 1982, Yin 1980). Esto significa una menor disposición de redes de sociabilidad a las cuales acudir de cara al conjunto de riesgos de la vida social, entre los cuales aparecen los problemas derivados de la comisión de un delito. En segundo lugar, se ha enfatizado la cuestión de que los adultos mayores tienden mucho más a discutir el tema del delito callejero con sus pares y por ende revisten una mayor sensibilidad a las victimizaciones ajenas (Clarke-Lewis 1982; Yin 1980). Esto se refuerza dentro de este sector por su dependencia respecto de los medios de comunicación como fuente de información.  En tercer lugar, se ha apuntado a la autopercepción respecto de su vulnerabilidad física y por ende a mayores preocupaciones respecto del impacto físico de un hecho delictivo (Tulloch 2000). En cuarto lugar, Pain (1995) ha sugerido una lectura diferente de la paradoja señalando que los adultos mayores – población compuesta mayoritariamente por mujeres – se encuentra mucho más sujeta a victimizaciones de lo que suponemos en la medida en que la mayor permanencia dentro del espacio doméstico aumentaría la exposición a la violencia doméstica por parte de cónyuges, familiares y cuidadores. El problema radica en que estos episodios (tanto por el temor a represalias posteriores como por la imposibilidad de significar dichos eventos como delitos) no son denunciados oficialmente. 

A la hora de pensar las particularidades de este recorte poblacional en mi propia investigación he señalado la importancia de la disposición de redes familiares y capital social a la hora de pensar las identificaciones de este sector con el discurso de la inseguridad (Varela 2006a). Sin desmedro de otras dimensiones de análisis posibles, y bajo el supuesto de que el miedo al delito no puede ser únicamente vinculado a la cuestión de la criminalidad, la hipótesis que orienta este trabajo es que en nuestro contexto las percepciones y las representaciones respecto de la (in)seguridad callejera deben ser colocadas en un marco más amplio que nos remite necesariamente a la manera en que diferentes grupos se representan el espacio público  y las características de su circulación en ellos.  En este sentido, al analizar las particularidades de los adultos mayores dos subdimensiones emergen como relevantes: en primer término, la cuestión – que tomando un término prestado del urbanismo – denominaremos en una primera instancia barreras de accesibilidad  y en segundo término - y teniendo en cuenta que la población de adultos mayores es predominantemente femenina – la manera en que la jerarquía del género marca la circulación por los espacios públicos (Varela 2006b). El objetivo específico del presente trabajo es abordar esta primera subdimensión problematizando la cuestión de las barreras de accesibilidad para adultos mayores desde el punto de vista de las modalidades de apropiación del espacio público.  En este sentido, otro supuesto de este trabajo coincide con el señalamiento de Kant de Lima (2000) respecto de la necesidad de analizar la cuestión del espacio público no únicamente desde el punto de vista de su propiedad (pública o privada) sino en relación a sus modalidades de apropiación (universalizadas o particularizadas). 
 
 

Estrategia teórico-metodológica.

La estrategia teórico metodológica consistió en un conjunto de entrevistas en profundidad a distintos vecinos mayores de 75 años residentes en dos barrios de clase media de la Ciudad de Buenos Aires. Vale mencionar aquí que la crítica al diseño del cuestionario utilizado por las EV (Varela 2004) se constituyó en un insumo para el diseño del dispositivo técnico-metodológico construido. En este sentido, se apuntó a no introducir una problemática ya estructurada en relación al problema de la “(in)seguridad”.  Es así que el tema “seguridad/inseguridad” no fue mencionado en las preguntas realizadas por quien entrevistaba. Se apuntó, en cambio, a realizar preguntas descriptivas referentes a temas generales del barrio. Se les solicitó a los entrevistados que describieran el barrio, que narraran los cambios producidos en él en los últimos años y que, por último, identificaran – si los hubiera - problemas dentro de ese espacio urbano. Por su parte, también se relevó información biográfica del entrevistado: historia familiar, historia laboral y rutinas de su vida cotidiana  en la actualidad.  El tema de la “seguridad/inseguridad”, de todos modos, apareció en casi todas las entrevistas realizadas, aunque revistiendo distintos lugares en unas y otras. 
 
 

Representaciones sobre el espacio público: vulnerabilidad física y social.

La imagen que proveen los medios de comunicación respecto de los adultos mayores y la cuestión del delito es la individuos frágiles y temerosos,  encerrados dentro de sus hogares en función de temores ciertos respecto de posibilidades ciertas de resultar víctima de un delito. “Ola de delitos contra ancianos” rezan los titulares de los periódicos contribuyendo a crear la imagen de la instalación de una nueva modalidad delictiva en la que jóvenes delincuentes atacan a adultos indefensos mediante el ejercicio de la violencia. 

Sin embargo y más allá de estos casos de amplia repercusión pública, las EV relevan un índice muy bajo de victimización en este grupo en comparación con los restantes recortes etarios. Esto coincide con lo planteado por la mayoría de nuestras entrevistadas quienes manifiestan no haber sido víctimas de delitos.  Las que lo han sido mencionan algunos hurtos (“cortes” de cartera en el transporte público) y arrebatos en la vía pública, todos delitos que no involucran mayoritariamente el uso de la violencia por parte del victimario. Por ejemplo, ninguna de nuestras entrevistadas relata haber sido víctima de un robo con armas de fuego (una sola de ellas relata un episodio que involucra el uso de armas, pero se trata de un episodio referente a violencia sexual). Una experiencia de victimización que aparece con cierta asiduidad en los relatos de nuestras entrevistadas es lo que en nuestro contexto se conoce como el “cuento del tío”, esto es, una historia falsa, un engaño premeditado mediante el cual una persona consigue que su víctima le entregue voluntariamente y de  buena fe, dinero o algún elemento de valor. 

Las EV sí, en cambio, revelan un alto grado de temor en relación a la probabilidad de resultar víctima de un delito dentro de este recorte etario, que resulta superior a la sensación de inseguridad de los restantes grupos (o cuando menos similar a la del grupo entre 50 y 65 años). Sin embargo, en el trabajo de campo realizado la cuestión del delito y la preocupación respecto de la (in)seguridad callejera no aparece como un tema prioritario en la agenda de preocupaciones cotidianas de nuestras entrevistadas. Ante la pregunta que refiere a los problemas del barrio, el tema de la “seguridad” – entendida ésta como los problemas derivados del delito callejero – no reviste un lugar central en relación a otro conjunto de preocupaciones de los adultos mayores, esto es,  numerosos problemas en relación al estado y organización del espacio público, fundamentalmente las suciedades, el estado de las veredas (rotas y obstaculizadas por distintos objetos), el tráfico intenso y  la falta de luz.  A la hora de dar cuenta de los problemas típicos del espacio urbano que habitan los entrevistados priorizan el siguiente orden de problemas: 
 

P. ¿Y usted  va a  la plaza esa? (en referencia a la Plaza de Bulnes y Perón) 

L: No mucho. Alejandro (su nieto) vivía ahí en la cuadra. Donde vivía Alejandro precioso. El mejor lugar. Pero ya para este lado…  mucho tránsito, el tránsito de estas calles, tiene mucho tránsito, demasiados coches y colectivos, y como no hay otra manera... porque estas calles van todas para el mismo lado, recién en Rivadavia cambia la mano (…) La plaza es preciosa, pero no está arreglada y caminas y faltan baldosas o tiene tierra. Muy sucia también. La gente no la cuida. (…) 

P: ¿Y qué cosas no le gustan del barrio? 

La suciedad de las veredas. Demasiado tránsito en estas calles. Salguero que tenga tantos coches y tanto tránsito de colectivos se tendría que arreglar de otra manera, pero no se ve la manera en la que se puede arreglar. 

C: Hay mucha falta de luz, otra cosa en contra, las veredas terriblemente rotas. Yo hace cosa de 5 o 6 años atrás, en un año me caí 3 veces, pero no por un mareo ni nada. Una vez se me hinchó todo el pie otra vez tuve un pequeño yeso acá, otra vez me pegue acá en el mentón, por veredas rotas. A veces con mi amiga nos reímos y decimos ahora tendríamos que caminar con la cabeza mirando para abajo.

L. (…) Después los negocios que sacan las cosas afuera, que son esas veredas angostas no tenés lugar a pasar. Te ponen los cajones afuera para exhibir la mercadería. Hay una verdulería acá que no... es imposible... más la gente que está parada comprando. No sé piensa que el que está caminando necesita pasar. Una cosa así, que son simples que se pueden arreglar, y que a mi me molesta porque no me deja pasar, tengo que mirar que no me caiga y todo eso. 

L: (en referencia al Parque Centenario) Muchos puestos ahí los sábados y los domingos están los puesteros…  no podes pasar ni caminar. Porque se ponen ya... no sé como se llama eso... unos puestos de fierro que se los traen se guardan ahí, esos ya están con un permiso. Pero los demás, no se puede pasar. El día de la madre, hay más puestos que la gente que estaba. 


La percepción del espacio público en estos relatos es el de territorio plagado de obstáculos que dificultan la circulación cotidiana. Esta percepción se encuentra muchas veces ligada a dos preocupaciones básicas en cuanto a la movilidad en el espacio público: la fragilidad al caminar y los problemas de visión. De allí que muchas veces sea altamente valorado por este sector habitar sobre una avenida o próximamente a ella, donde frecuentemente hay más luz.
 
 

P: ¿Y acá se mueve más o menos en qué horarios? 

Z: No, yo a las 7 máximo estoy acá. ¿Sabes por qué? Porque me da miedo… yo veo de lejos la luz todo así como si fueran rayos las luces de las calles. Entonces no quiero correr el riesgo de…  (…)

P: ¿Y por el barrio, además de los parques, para dónde se mueve?

Z: Yo por las calles internas, no. No porque tengo este problema. Pero agarro José Maria Moreno y hasta Asamblea voy caminando, las calles donde hay tránsito. Pero de día temprano

P: ¿Y qué le da miedo?

Z: Me da miedo que yo no veo bien. La gente no, la gente nunca me molestó. Y aparte yo soy vieja, te pueden decir alguna barbaridad … No te dice la gente, cosas así feas. Te piden monedas… 


Es de notar que muchas veces estas preocupaciones dotan a las entrevistadas de un preciso conocimiento de la geografía barrial. En este sentido, relatan con exhaustivo detalle la ubicación de todos aquellos elementos que dificultan su paso en su circulación cotidiana por el barrio (baldosas rotas, rampas mal hechas, etc)
 

L: (Las rampas) cuando están bien, todavía las rompen. Para hacerlas mejor porque es el tiempo de las votaciones. Arreglan y desarreglan, no terminan. Entonces tenemos el problema de que... quedó mucho tiempo después de que llegó Ibarra, que se votó, una sin terminar en Medrano. Pero la dejadez de eso, porque si estaba bien, estaba mejor que antes, y como la rompieron para hacerla nueva, la dejaron sin hacer. Después de varios meses se hizo. Y acá mismo en la esquina al lado de la pizzería, una pizzería hermosa, café, acá en la esquina, llegando a Corrientes, hicieron la rampa. Pero al lado la movieron, la hicieron un poco más adentro, más a Salguero, y dejaron roto el cordón. Sin cordón.  Entonces a veces es difícil para resolver. Hay veredas que se arreglaran más, no puede hacer que las veredas queden sin baldosas, y el propietario el que está viviendo que tampoco le importe. Acá hay una panadería en Salguero llegando a Corrientes. Ya van 20 veces que se rompió eso, y entonces ponen las baldosas pero no están bien puestas, entonces los primero días bárbaro pero después... estamos en la misma. Pasar un changuito, que yo salgo a comprar con un changuito... no poderlo pasar porque... no miran nada... los mayores... hay mucha gente mayor acá... 


El correlato de esta percepción del espacio público es un temor que aparece recurrentemente en las entrevistas realizadas a adultos mayores, esto es, el temor a la posibilidad de una “caída”. Para esto colaboran no sólo las veredas rotas y los obstáculos en el paso, sino el paso veloz de los más jóvenes, ante los cuales se es autopercibido como profundamente inestable. 
 

L: Habría que educar a la gente de todos los barrios que hay gente mayor, no se puede salir de un kiosko corriendo porque eso me paso a mí. Sale corriendo una chica y me tira, me agarró así porque sino me caía, sino me agarra en ese momento me voy al suelo. Te imaginas, golpearme al suelo. Entonces, educar un poco a la gente, hay gente mayor caminando, somos molestos, caminamos despacio, todos quieren pasarte con el carterazo, las mochilas, y hay otro atrás. Cuando entro en el subterráneo van despacito y hay otro atrás, que no es la mamá ni la abuela de esa gente, no son los únicos, hay mucha gente. Yo sé que el joven está apurado, y camina ligero. Yo les dejo paso a todos, pero no termino nunca de dejar que pasen. 

P: Y los fines de semana por ahí sale. 

C: A veces, a veces sí. A veces salgo. Sí, sí (dubitativa).

P: ¿Cómo es lo fines de semana por acá?

C: Es lindo, los fines de semana, sí, sí. Pero siempre a mi me gustó salir más de lunes a viernes. No sé porque. Hasta el centro me gusta más de lunes a viernes, estoy hablando como una persona que discrimina, no, pero no es así. No se, uno a veces sale se llena… la calle Rivadavia, o por ahí le pegan algún empujón. Son todas cosas que no me gustan. 

P. ¿Hay mucha gente? 

C: Sí, cuando hay mucha gente, sí. Y la gente hoy en día hasta eso hace, va caminando y no se fija. Yo lo que noto es como una falta de educación, falta de … no sé … como uno se conduce cuando está por la calle.

P: Y usted me decía que se mudó… cómo fue cambiando el barrio… de los ritmos,  del estado del barrio… 

G: Era mejor. Había como más orden, más disciplina, y ahora es cualquier cosa. 

P: Más disciplinado como que… 

G: La gente no andaba así … yo los veo ahora como malhumorados … como que ya se levantan mal, entonces parece que ya te quisieran atropellar, llevar por delante. A veces a mi me atropellan, le digo “Perdone no?” Tengo miedo a veces que me digan “Ay, vieja de mierda, deja de joder!” Viste? porque por ahí, te empujan u otro por ahí, excepcionalmente, te llegan a decir perdón, como que la gente anda más acelerada. ¿Que será? ¿El ritmo de vida, que no les alcanza la plata? Yo comprendo, es la inflación, todo como está. (…)  que les estará pasando, porqué tan serios, porque … el ceño fruncido, como que observo las caras, veo caras más de preocupación, eso, más de preocupación, esa es la palabra. 


“Falta de educación”, “Falta de disciplina y orden” son maneras de tematizar la propia fragilidad actual en función de un pasado idílicamente construido donde la gente era “educada”,  había “orden y disciplina” y dicha vulnerabilidad física no existía. En otro lugar he analizado cómo en estos relatos este registro de la propia fragilidad física se vincula a una percepción sobre la ancianidad como una etapa de la vida “decadente”, una etapa que es a la vez de vulnerabilidad física tanto como social en la medida en que el deterioro físico hace crecer la dependencia respecto de las redes de sociabilidad disponibles (Varela 2006a). Para nuestro punto de interés aquí, de las entrevistas realizadas se desprende que el temor a la “caída” tanto en el espacio privado, pero especialmente en el espacio público, constituye una preocupación invariante en el sector de los adultos mayores. Y probablemente la “caída” constituya la mejor metáfora respecto de la manera en que el espacio público es percibido por este sector etario. 
 

C: Acá esta parte, eso si es horrible. La parte esa del abandono ese total es horrible. Te podes tropezar, ahora yo he tropezado con un sorete en el botánico y me caí… un olor no te podes imaginar, iba distraída charlando con una amiga. Ahora, cuando salimos vamos las dos mirando hacia abajo. Con decirte que vive en la otra cuadra sobre esta misma vereda y un sábado nos hablamos por teléfono “a tal hora te voy a buscar le dije yo y después vamos al rosedal”. Yo voy, ella viene - quedamos así y nos encontramos en el medio. Y nos cruzamos hacia al lado, y yo mirando para abajo y ella también 
 
P: Y no se vieron… 
 
C: No, porque mirábamos para abajo. Por eso te digo, es para reírse, pero así nos ha pasado…. 
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