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La cuestión de la “sensación
de inseguridad” en adultos mayores de la ciudad de Buenos Aires: posibilidades
de apropiación de los espacios públicos desde una perspectiva
etaria.
Cecilia Inés Varela
Universidad de Buenos Aires
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La
paradoja riesgo de victimización / miedo al delito en los estudios
de victimización.
El término
“miedo al delito” (fear of crime) proviene fundamentalmente de la investigación
criminológica en el campo británico, y ha sido traducido
al ambiente local como “sensación de inseguridad”. Su creciente
utilización se encuentra asociada al uso de las encuestas de victimización
(EV) como instrumento de investigación para el diseño de
políticas públicas de seguridad y al desarrollo de una nueva
concepción de la seguridad urbana que busca reunir la preocupación
por la seguridad “objetiva” (el riesgo de victimización en función
de la edad, sexo y nivel socioeconómico) tanto como la seguridad
“subjetiva” de los habitantes (sensación de temor frente a la criminalidad).
En este sentido, se ha planteado la necesidad de reconocer que hoy día
la cuestión del “miedo al delito” constituye un problema mayor que
el delito mismo en la medida en que los temores a la criminalidad - a diferencia
de la criminalidad real - afectan a una mayor cantidad de ciudadanos con
consecuencias permanentes y severas (Warr
1985).
El presente
trabajo se enmarca en un proyecto de investigación más amplio
que busca abordar la cuestión de las representaciones sobre la criminalidad
callejera y específicamente el fenómeno denominado “miedo
al delito” en la Ciudad de Buenos Aires en el último lustro. La
investigación empírica sobre la temática en nuestro
contexto ha sido predominantemente desarrollada por las encuestas de victimización
(EV) desarrolladas por la Dirección Nacional de Política
Criminal. Los resultados arrojados por las EV aplicadas a nivel de la Ciudad
de Buenos Aires coinciden con los resultados obtenidos a nivel internacional
en lo que respecta a la paradoja riesgo de victimización / miedo
al delito. En este sentido, las mujeres y los adultos mayores representan
el grupo donde se concentran los mayores temores a la criminalidad, aunque
constituyen los grupos de menor riesgo de victimización.
Se han
realizado muchas críticas respecto del abordaje propuesto por las
EV para el registro de la “seguridad” en su dimensión subjetiva.
El indicador más utilizado para dar cuenta de este fenómeno
es el de miedo al delito o sensación de inseguridad. Si bien no
existe univocidad en los alcances últimos de este término,
es recurrente la utilización de la definición de Ferraro
que entiende el “miedo al delito” como una “respuesta emocional de nerviosismo
o ansiedad al delito o símbolos que la persona asocia con el delito”
(en Medina 2003:2). Implícito en esta definición se encuentra
el reconocimiento de algún peligro potencial. El miedo al delito
aparece, entonces, como una de las posibles respuestas ante la percepción
de un riesgo. A los fines de dar cuenta de la “sensación de inseguridad”
las EV incluyen preguntas cerradas sobre el uso de la escala de Likert
del siguiente tipo: “¿Cuán seguro se siente caminando
solo por su barrio de noche? Muy seguro – Bastante Seguro – Poco Seguro
– Muy inseguro” .
Como
decíamos, son varias las críticas de orden técnico-metodológico
que se han realizado al diseño de este tipo de cuestionarios. En
mi propia investigación he señalado – entre otras - sus problemas
de secuenciación, la pobre operacionalización que proponen
del concepto de miedo al delito, y la mezcla de respuestas hipotéticas
y no hipotéticas. (Varela
2004). A lo que nos interesa aquí lo que quiero remarcar es que
la pregunta formulada en la EV (¿Cuán seguro se siente caminando
solo por su barrio de noche?) presupone un significado de seguridad unívoco
ligado al problema del delito. Esto podría no ser necesariamente
así y tal vez fuera necesario explorar el referente del término
“seguridad”, más que asumirlo como un significado extendido y compartido.
Más aún cuando la pregunta excluye explícitamente
la palabra “delito” (Ferraro-LaGrange
1987). Esto nos lleva necesariamente a preguntarnos cuál es
el referente de la pregunta. ¿Se trata de una sensación
de temor frente a la posibilidad de resultar víctima de un delito
o un sentimiento o sensación más difusa que puede expresar
otro tipo de “inseguridades” entramadas en el uso del espacio público?
En este
sentido, el objetivo de este trabajo es plantear algunas claves de inteligibilidad
a los fines de reinterpretar esta aparente “paradoja” detectada por las
EV en el contexto local. Para abordar esta cuestión, hemos decidido
focalizar mediante una estrategia cualitativa en aquel grupo etario que
revistiría la mayor sensación de inseguridad: los adultos
mayores.
Diferentes
abordajes en el campo de la criminología – sobre todo anglosajona
- han buscado explicar esta aparente “distorsión” entre la apreciación
subjetiva de temor y el riesgo objetivo de victimización. En este
sentido, se han desarrollado diferentes explicaciones que intentan dar
cuenta de esta mayor sensibilidad al delito por parte de los adultos mayores.
En primer lugar, se ha apuntado hacia su frágil integración
en la “vida comunitaria” (Clarke-Lewis
1982, Yin 1980). Esto significa una menor disposición de redes de
sociabilidad a las cuales acudir de cara al conjunto de riesgos de la vida
social, entre los cuales aparecen los problemas derivados de la comisión
de un delito. En segundo lugar, se ha enfatizado la cuestión de
que los adultos mayores tienden mucho más a discutir el tema del
delito callejero con sus pares y por ende revisten una mayor sensibilidad
a las victimizaciones ajenas (Clarke-Lewis
1982; Yin 1980). Esto se refuerza dentro
de este sector por su dependencia respecto de los medios de comunicación
como fuente de información. En tercer lugar, se ha apuntado
a la autopercepción respecto de su vulnerabilidad física
y por ende a mayores preocupaciones respecto del impacto físico
de un hecho delictivo (Tulloch 2000).
En cuarto lugar, Pain (1995) ha sugerido
una lectura diferente de la paradoja señalando que los adultos mayores
– población compuesta mayoritariamente por mujeres – se encuentra
mucho más sujeta a victimizaciones de lo que suponemos en la medida
en que la mayor permanencia dentro del espacio doméstico aumentaría
la exposición a la violencia doméstica por parte de cónyuges,
familiares y cuidadores. El problema radica en que estos episodios (tanto
por el temor a represalias posteriores como por la imposibilidad de significar
dichos eventos como delitos) no son denunciados oficialmente.
A la
hora de pensar las particularidades de este recorte poblacional en mi propia
investigación he señalado la importancia de la disposición
de redes familiares y capital social a la hora de pensar las identificaciones
de este sector con el discurso de la inseguridad (Varela
2006a). Sin desmedro de otras dimensiones de análisis posibles,
y bajo el supuesto de que el miedo al delito no puede ser únicamente
vinculado a la cuestión de la criminalidad ,
la hipótesis que orienta este trabajo es que en nuestro contexto
las percepciones y las representaciones respecto de la (in)seguridad callejera
deben ser colocadas en un marco más amplio que nos remite necesariamente
a la manera en que diferentes grupos se representan el espacio público
y las características de su circulación en ellos. En
este sentido, al analizar las particularidades de los adultos mayores dos
subdimensiones emergen como relevantes: en primer término, la cuestión
– que tomando un término prestado del urbanismo – denominaremos
en una primera instancia barreras de accesibilidad y en segundo término
- y teniendo en cuenta que la población de adultos mayores es predominantemente
femenina – la manera en que la jerarquía del género marca
la circulación por los espacios públicos (Varela
2006b). El objetivo específico del presente trabajo es abordar esta
primera subdimensión problematizando la cuestión de las barreras
de accesibilidad para adultos mayores desde el punto de vista de las modalidades
de apropiación del espacio público. En este sentido,
otro supuesto de este trabajo coincide con el señalamiento de Kant
de Lima (2000) respecto de
la necesidad de analizar la cuestión del espacio público
no únicamente desde el punto de vista de su propiedad (pública
o privada) sino en relación a sus modalidades de apropiación
(universalizadas o particularizadas).
Estrategia
teórico-metodológica.
La estrategia
teórico metodológica consistió en un conjunto de entrevistas
en profundidad a distintos vecinos mayores de 75 años residentes
en dos barrios de clase media de la Ciudad de Buenos Aires. Vale mencionar
aquí que la crítica al diseño del cuestionario utilizado
por las EV (Varela 2004) se constituyó
en un insumo para el diseño del dispositivo técnico-metodológico
construido. En este sentido, se apuntó a no introducir una problemática
ya estructurada en relación al problema de la “(in)seguridad”.
Es así que el tema “seguridad/inseguridad” no fue mencionado en
las preguntas realizadas por quien entrevistaba. Se apuntó, en cambio,
a realizar preguntas descriptivas referentes a temas generales del barrio.
Se les solicitó a los entrevistados que describieran el barrio,
que narraran los cambios producidos en él en los últimos
años y que, por último, identificaran – si los hubiera -
problemas dentro de ese espacio urbano. Por su parte, también se
relevó información biográfica del entrevistado: historia
familiar, historia laboral y rutinas de su vida cotidiana en la actualidad.
El tema de la “seguridad/inseguridad”, de todos modos, apareció
en casi todas las entrevistas realizadas, aunque revistiendo distintos
lugares en unas y otras.
Representaciones
sobre el espacio público: vulnerabilidad física y social.
La imagen
que proveen los medios de comunicación respecto de los adultos mayores
y la cuestión del delito es la individuos frágiles y temerosos,
encerrados dentro de sus hogares en función de temores ciertos respecto
de posibilidades ciertas de resultar víctima de un delito. “Ola
de delitos contra ancianos” rezan los titulares de los periódicos
contribuyendo a crear la imagen de la instalación de una nueva modalidad
delictiva en la que jóvenes delincuentes atacan a adultos indefensos
mediante el ejercicio de la violencia.
Sin
embargo y más allá de estos casos de amplia repercusión
pública, las EV relevan un índice muy bajo de victimización
en este grupo en comparación con los restantes recortes etarios.
Esto coincide con lo planteado por la mayoría de nuestras entrevistadas
quienes manifiestan no haber sido víctimas de delitos. Las
que lo han sido mencionan algunos hurtos (“cortes” de cartera en el transporte
público) y arrebatos en la vía pública, todos delitos
que no involucran mayoritariamente el uso de la violencia por parte del
victimario. Por ejemplo, ninguna de nuestras entrevistadas relata haber
sido víctima de un robo con armas de fuego (una sola de ellas relata
un episodio que involucra el uso de armas, pero se trata de un episodio
referente a violencia sexual). Una experiencia de victimización
que aparece con cierta asiduidad en los relatos de nuestras entrevistadas
es lo que en nuestro contexto se conoce como el “cuento del tío”,
esto es, una historia falsa, un engaño premeditado mediante el cual
una persona consigue que su víctima le entregue voluntariamente
y de buena fe, dinero o algún elemento de valor.
Las
EV sí, en cambio, revelan un alto grado de temor en relación
a la probabilidad de resultar víctima de un delito dentro de este
recorte etario, que resulta superior a la sensación de inseguridad
de los restantes grupos (o cuando menos similar a la del grupo entre 50
y 65 años). Sin embargo, en el trabajo de campo realizado la cuestión
del delito y la preocupación respecto de la (in)seguridad callejera
no aparece como un tema prioritario en la agenda de preocupaciones cotidianas
de nuestras entrevistadas. Ante la pregunta que refiere a los problemas
del barrio, el tema de la “seguridad” – entendida ésta como los
problemas derivados del delito callejero – no reviste un lugar central
en relación a otro conjunto de preocupaciones de los adultos mayores,
esto es, numerosos problemas en relación al estado y organización
del espacio público, fundamentalmente las suciedades, el estado
de las veredas (rotas y obstaculizadas por distintos objetos), el tráfico
intenso y la falta de luz. A la hora de dar cuenta de los problemas
típicos del espacio urbano que habitan los entrevistados priorizan
el siguiente orden de problemas:
P. ¿Y usted
va a la plaza esa? (en referencia a la Plaza de Bulnes y Perón)
L: No mucho. Alejandro (su nieto)
vivía ahí en la cuadra. Donde vivía Alejandro precioso.
El mejor lugar. Pero ya para este lado… mucho tránsito, el
tránsito de estas calles, tiene mucho tránsito, demasiados
coches y colectivos, y como no hay otra manera... porque estas calles van
todas para el mismo lado, recién en Rivadavia cambia la mano (…)
La plaza es preciosa, pero no está arreglada y caminas y faltan
baldosas o tiene tierra. Muy sucia también. La gente no la cuida.
(…)
P: ¿Y qué cosas no
le gustan del barrio?
La suciedad de las veredas. Demasiado
tránsito en estas calles. Salguero que tenga tantos coches y tanto
tránsito de colectivos se tendría que arreglar de otra manera,
pero no se ve la manera en la que se puede arreglar.
C: Hay mucha falta de luz, otra cosa
en contra, las veredas terriblemente rotas. Yo hace cosa de 5 o 6 años
atrás, en un año me caí 3 veces, pero no por un mareo
ni nada. Una vez se me hinchó todo el pie otra vez tuve un pequeño
yeso acá, otra vez me pegue acá en el mentón, por
veredas rotas. A veces con mi amiga nos reímos y decimos ahora tendríamos
que caminar con la cabeza mirando para abajo.
L. (…) Después los negocios
que sacan las cosas afuera, que son esas veredas angostas no tenés
lugar a pasar. Te ponen los cajones afuera para exhibir la mercadería.
Hay una verdulería acá que no... es imposible... más
la gente que está parada comprando. No sé piensa que el que
está caminando necesita pasar. Una cosa así, que son simples
que se pueden arreglar, y que a mi me molesta porque no me deja pasar,
tengo que mirar que no me caiga y todo eso.
L: (en referencia al Parque Centenario)
Muchos puestos ahí los sábados y los domingos están
los puesteros… no podes pasar ni caminar. Porque se ponen ya... no
sé como se llama eso... unos puestos de fierro que se los traen
se guardan ahí, esos ya están con un permiso. Pero los demás,
no se puede pasar. El día de la madre, hay más puestos que
la gente que estaba.
La percepción del espacio
público en estos relatos es el de territorio plagado de obstáculos
que dificultan la circulación cotidiana. Esta percepción
se encuentra muchas veces ligada a dos preocupaciones básicas en
cuanto a la movilidad en el espacio público: la fragilidad al caminar
y los problemas de visión. De allí que muchas veces sea altamente
valorado por este sector habitar sobre una avenida o próximamente
a ella, donde frecuentemente hay más luz.
P: ¿Y acá
se mueve más o menos en qué horarios?
Z: No, yo a las 7 máximo estoy
acá. ¿Sabes por qué? Porque me da miedo… yo veo de
lejos la luz todo así como si fueran rayos las luces de las calles.
Entonces no quiero correr el riesgo de… (…)
P: ¿Y por el barrio, además
de los parques, para dónde se mueve?
Z: Yo por las calles internas, no.
No porque tengo este problema. Pero agarro José Maria Moreno y hasta
Asamblea voy caminando, las calles donde hay tránsito. Pero de día
temprano
P: ¿Y qué le da miedo?
Z: Me da miedo que yo no veo bien.
La gente no, la gente nunca me molestó. Y aparte yo soy vieja, te
pueden decir alguna barbaridad … No te dice la gente, cosas así
feas. Te piden monedas…
Es de notar que muchas veces
estas preocupaciones dotan a las entrevistadas de un preciso conocimiento
de la geografía barrial. En este sentido, relatan con exhaustivo
detalle la ubicación de todos aquellos elementos que dificultan
su paso en su circulación cotidiana por el barrio (baldosas rotas,
rampas mal hechas, etc)
L: (Las rampas) cuando están
bien, todavía las rompen. Para hacerlas mejor porque es el tiempo
de las votaciones. Arreglan y desarreglan, no terminan. Entonces tenemos
el problema de que... quedó mucho tiempo después de que llegó
Ibarra, que se votó, una sin terminar en Medrano. Pero la dejadez
de eso, porque si estaba bien, estaba mejor que antes, y como la rompieron
para hacerla nueva, la dejaron sin hacer. Después de varios meses
se hizo. Y acá mismo en la esquina al lado de la pizzería,
una pizzería hermosa, café, acá en la esquina, llegando
a Corrientes, hicieron la rampa. Pero al lado la movieron, la hicieron
un poco más adentro, más a Salguero, y dejaron roto el cordón.
Sin cordón. Entonces a veces es difícil para resolver.
Hay veredas que se arreglaran más, no puede hacer que las veredas
queden sin baldosas, y el propietario el que está viviendo que tampoco
le importe. Acá hay una panadería en Salguero llegando a
Corrientes. Ya van 20 veces que se rompió eso, y entonces ponen
las baldosas pero no están bien puestas, entonces los primero días
bárbaro pero después... estamos en la misma. Pasar un changuito,
que yo salgo a comprar con un changuito... no poderlo pasar porque... no
miran nada... los mayores... hay mucha gente mayor acá...
El correlato de esta percepción
del espacio público es un temor que aparece recurrentemente en las
entrevistas realizadas a adultos mayores, esto es, el temor a la posibilidad
de una “caída”. Para esto colaboran no sólo las veredas rotas
y los obstáculos en el paso, sino el paso veloz de los más
jóvenes, ante los cuales se es autopercibido como profundamente
inestable.
L: Habría que educar
a la gente de todos los barrios que hay gente mayor, no se puede salir
de un kiosko corriendo porque eso me paso a mí. Sale corriendo una
chica y me tira, me agarró así porque sino me caía,
sino me agarra en ese momento me voy al suelo. Te imaginas, golpearme al
suelo. Entonces, educar un poco a la gente, hay gente mayor caminando,
somos molestos, caminamos despacio, todos quieren pasarte con el carterazo,
las mochilas, y hay otro atrás. Cuando entro en el subterráneo
van despacito y hay otro atrás, que no es la mamá ni la abuela
de esa gente, no son los únicos, hay mucha gente. Yo sé que
el joven está apurado, y camina ligero. Yo les dejo paso a todos,
pero no termino nunca de dejar que pasen.
P: Y los fines de semana por ahí
sale.
C: A veces, a veces sí. A
veces salgo. Sí, sí (dubitativa).
P: ¿Cómo es lo fines
de semana por acá?
C: Es lindo, los fines de semana,
sí, sí. Pero siempre a mi me gustó salir más
de lunes a viernes. No sé porque. Hasta el centro me gusta más
de lunes a viernes, estoy hablando como una persona que discrimina, no,
pero no es así. No se, uno a veces sale se llena… la calle Rivadavia,
o por ahí le pegan algún empujón. Son todas cosas
que no me gustan.
P. ¿Hay mucha gente?
C: Sí, cuando hay mucha gente,
sí. Y la gente hoy en día hasta eso hace, va caminando y
no se fija. Yo lo que noto es como una falta de educación, falta
de … no sé … como uno se conduce cuando está por la calle.
P: Y usted me decía que se
mudó… cómo fue cambiando el barrio… de los ritmos,
del estado del barrio…
G: Era mejor. Había como más
orden, más disciplina, y ahora es cualquier cosa.
P: Más disciplinado como que…
G: La gente no andaba así
… yo los veo ahora como malhumorados … como que ya se levantan mal, entonces
parece que ya te quisieran atropellar, llevar por delante. A veces a mi
me atropellan, le digo “Perdone no?” Tengo miedo a veces que me digan “Ay,
vieja de mierda, deja de joder!” Viste? porque por ahí, te empujan
u otro por ahí, excepcionalmente, te llegan a decir perdón,
como que la gente anda más acelerada. ¿Que será? ¿El
ritmo de vida, que no les alcanza la plata? Yo comprendo, es la inflación,
todo como está. (…) que les estará pasando, porqué
tan serios, porque … el ceño fruncido, como que observo las caras,
veo caras más de preocupación, eso, más de preocupación,
esa es la palabra.
“Falta de educación”,
“Falta de disciplina y orden” son maneras de tematizar la propia fragilidad
actual en función de un pasado idílicamente construido donde
la gente era “educada”, había “orden y disciplina” y dicha
vulnerabilidad física no existía. En otro lugar he analizado
cómo en estos relatos este registro de la propia fragilidad física
se vincula a una percepción sobre la ancianidad como una etapa de
la vida “decadente”, una etapa que es a la vez de vulnerabilidad física
tanto como social en la medida en que el deterioro físico hace crecer
la dependencia respecto de las redes de sociabilidad disponibles (Varela
2006a). Para nuestro punto de interés aquí, de las entrevistas
realizadas se desprende que el temor a la “caída” tanto en el espacio
privado, pero especialmente en el espacio público, constituye una
preocupación invariante en el sector de los adultos mayores. Y probablemente
la “caída” constituya la mejor metáfora respecto de la manera
en que el espacio público es percibido por este sector etario.
C:
Acá esta parte, eso si es horrible. La parte esa del abandono ese
total es horrible. Te podes tropezar, ahora yo he tropezado con un sorete
en el botánico y me caí… un olor no te podes imaginar, iba
distraída charlando con una amiga. Ahora, cuando salimos vamos las
dos mirando hacia abajo. Con decirte que vive en la otra cuadra sobre esta
misma vereda y un sábado nos hablamos por teléfono “a tal
hora te voy a buscar le dije yo y después vamos al rosedal”. Yo
voy, ella viene - quedamos así y nos encontramos en el medio. Y
nos cruzamos hacia al lado, y yo mirando para abajo y ella también
P: Y no se vieron…
C: No, porque mirábamos para
abajo. Por eso te digo, es para reírse, pero así nos ha pasado…. 
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